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domingo, 8 de julio de 2012

Anécdotas médicas II


A la consulta del oftalmólogo acude una voluminosa mujer algo entrada en años y en carnes, provista de su correspondiente volante del médico general.
-Usted dirá, señora.
-Pues verá. Es que cuando termino de hacer de vientre y me limpio, el papel sale manchado de sangre.
Ojos desorbitados del médico y de la enfermera; crispadón de puños y subida acelerada de la adrenalina.
-Pero, oiga, usted. ¿Qué clase de broma es esta? A usted ¿quién la manda aquí?
-El médico de cabecera.
-¿Cómo que el médico de cabecera? Pero usted ¿qué le ha contado?
-Pues nada porque no había tiempo, que yo tenía el número ochenta y cinco y detrás de mí estaba la sala de espera llena. Yo sólo entré y para no tardar le pedí al médico un volante para el culista. Y aquí estoy.
El oftalmólogo descargó la adrenalina a través de una carcajada y en el fondo de su alma compadeció a su colega generalista que en esta ocasión se había pasado de perspicaz al "traducir" el lenguaje de aquella mujer.

Un caso parecido, aunque ahora el equívoco bienintencionado surgió entre médico y enfermera, es el siguiente.
El médico observa una radiografía del tórax de un paciente y en ella una alarmante imagen redondeada, quizá un tumor, que conviene estudiar más detalladamente con otras técnicas radiológicas. Y volviéndose a la enfermera dice en tono coloquial: "Vaya huevo que tiene este hombre. Señorita, pídale una tomografía". Y aquel paciente acudió unos días después a un gabinete de radiología provisto de un volante en el que la eficiente enfermera había subsanado el lenguaje soez del médico poniendo en la indicación: "Tomografía de testículo". Afortunadamente el radiólogo consideró disparatada aquella petición -una tomografía consiste en varias radiografías seriadas de una misma zona del organismo- por el riesgo que conllevaba irradiar de esa forma los genitales y tuvo el buen criterio de llamar telefónicamente al colega prescriptor para confirmarlo, con lo que se aclaró todo; los dos médicos se rieron con ganas y si la enfermera llegó a enterarse se le subirían los colores. Y, lo más
importante, el enfermo se salvó de un serio peligro; además lo suyo terminó por resultar un proceso benigno del que sanó sin problemas.

Mas todo lo que les pasa a los pichiquiatras; doctores Rino y demás especialistas no es nada comparado con lo que nos sucede a los pediatras. Las dos anécdotas que siguen las he vivido personalmente, pero estoy seguro de que podrían suscribirlas muchos de mis compañeros de especialidad. A aquéllos sólo se les trastroca alguna letra; a nosotros se nos cambia radicalmente -y tanto, como verán en la segunda anécdota- el sentido mismo de nuestra profesión.
Llamada de teléfono, como casi siempre, a hora intempestiva.
-Dígame cuándo puedo ir a arreglarme unos callos en los pies.
-¿Cómo dice?
-Pero ¿no es usted pediatra?
-Sí, señora, pero pediatra significa médico de niños, no de pies. Usted lo que busca es un podólogo.
A punto de entrar en mi despacho en un consultorio de la Seguridad Social.
-Por favor, ¿es usted el pederasta?
-Huy, no, señora, ni lo permita Dios, yo sólo soy el pediatra de las cinco.
De modo que todavía hemos de consolarnos cuando nos llaman pericultores que debe de ser el oficio de los agricultores que en Lérida, Aragón y otras zonas de España cultivan la rica pera.


El profesor va recorriendo las salas del hospital rodeado por un grupo de alumnos recién integrados en el equipo de prácticas. Una de las frases que más le gusta repetir al profesor es la de que "para ser un buen médico hace falta tener mucho ojo y mucho estómago". Llegados a la cabecera de su paciente que mira la escena entre asombrado y temeroso , el profesor repite una vez más su frase favorita mientras coge un orinal con su correspondiente contenido líquido. A continuación mete el dedo en la orina y se lo lleva seguidamente a la boca paladeando como un catador de vinos. Luego se dirige al corro de alumnos y les invita a que, uno a uno, vayan haciendo lo mismo y le den su opinión. Todos menos uno rechazan asqueados la sugerencia, y el profesor les dice:
-Ustedes no valen para médicos porque les falta estómago". El alumno restante, que ve allí su gran oportunidad de destacar ante el maestro, los compañeros e incluso el enfermo, hace de tripas corazón introduce su dedo y lo chupa sin poder reprimir una terrible sensación de asco. El muchacho cree que ha triunfado, pero tiene que escuchar del profesor otra sentencia descalificadora: "Usted, caballero, tampoco sirve para médico; tiene estómago, pero le falta ojo; si lo tuviera se habría dado cuenta de que yo metí el dedo corazón, pero me chupé el índice".


Sin duda, el momento de la exploración es el más desagradable para los enfermos en el acto completo de la consulta médica. Muchos lo prevén como doloroso, cuando no tiene por qué serlo; en la mayoría de las ocasiones se trata de confirmar la localización de un lugar ya doloroso de por sí. Es verídica la historia, aunque se haya transformado en chascarrillo que se cuenta como chiste en cualquier ambiente, de aquel paciente que, tumbado ya en la camilla, cuando el médico se aproxima para comenzar la exploración, le agarra la entrepierna a la vez que le dice: No vamos a hacernos daño, verdad, doctor?"
Ciertamente hay exploraciones que son más molestas que otras, eso debemos reconocerlo, pero que en ocasiones son absolutamente necesarias. El caso más claro lo constituye el tacto rectal. Consiste, como seguramente sabrán, en que el médico debe introducir un dedo -enguantado y lubricado con vaselina, eso sí- por el ano del paciente. Se utiliza para explorar el tramo final del aparato digestivo y también a su través, mediante el sentido exclusivo del tacto, otros órganos situados en las proximidades anatómicas de esa zona, y de manera muy especial la próstata de los varones; ninguna técnica moderna de exploración prostática ha podido sustituir por completo al tacto rectal, que sigue siendo una maniobra decisiva en el diagnóstico de las enfermedades que afectan a esa extraña y pequeña glándula varonil.
A la violencia del procedimiento se une la de la postura que tiene que adoptar el paciente para su realización: tumbado en la que se llama técnicamente "posición genupectoral o de la oración mahometana", es decir, boca abajo, con las rodillas y los codos apoyados en el plano de la camilla y con el trasero levantado. Muchos hombres se resisten a esta exploración y el médico debe dedicar un tiempo a convencerles de su necesidad; otros llegan a la consulta del especialista -generalmente el urólogo- ya advertidos de antemano de lo que les espera y se arman de filosofía; algunos, por fin, se someten a ello con un gesto de suprema resignación de su dignidad en aras de la salud. En algunos países, como Estados Unidos, la exploración de la próstata mediante tacto rectal se ha establecido como una práctica rutinaria y regular a todos los hombres mayores de cuarenta y cinco años; se trata de un control como el ginecológico periódico de las mujeres a partir de una cierta edad, que se ha demostrado muy útil para el diagnóstico precoz del cáncer de próstata, una de las causas frecuentes de muerte en el varón. Es de suponer que los hombres americanos acudan a sus revisiones urológicas programadas sin demasiada reticencia, como aquí y en todas partes lo hacen las mujeres al ginecólogo, con la mayor naturalidad.


El médico, asistido por dos de sus ayudantes y la enfermera, se dispone a realizar un tacto rectal a un paciente de avanzada edad; su esposa, también mayor, le acompaña. El hombre ha sido colocado sobre una camilla, recubierta por una limpia sábana verde, en la posición ya conocida, y está muy nervioso, le tiembla todo el cuerpo y no puede apenas permanecer quieto como le indican los doctores. El médico que lleva la operación no deja de dirigirle palabras tranquilizadoras y de asegurarle que aquello va a ser muy breve. Cuando introduce el dedo con la máxima delicadeza que la cuestión permite, el paciente se revuelve violentamente y de pronto exclama:
-¡Ay, que me corro, que me corro!
Los tres médicos se miran conteniendo una carcajada; la pobre mujer no sabe dónde esconderse y le gustaría que en ese momento se la tragase la tierra o el suelo de la consulta.
-¡Que me corro, que me corro! -grita cada vez más insistentemente y cada vez más alto el hombre.
De pronto alguien se dio cuenta de lo que estaba sucediendo en realidad, pero no tuvo tiempo de remediarlo. El paciente anunciaba con desesperación... que se estaba escurriendo en la camilla por la difícil y forzada postura y por su propia agitación nerviosa. Y la escena terminó con el enfermo en el suelo, su esposa brincando de la silla para cogerlo y los médicos, esos sí, corridos de vergüenza.


Los pies son quizá la parte del cuerpo que acumula más suciedad o donde ésta es más visible y "cantarina". Por eso las anécdotas sobre pies sucios son numerosas en cualquier consulta. Sólo voy a referir dos de las más significativas y también de las más frecuentes.
El paciente se descalza, se despoja de los calcetines o de las medias que ya son por sí mismos un escándalo de guarrería, y muestra unos pies no sucios, sino con verdadera roña adherida a cada centímetro de piel y unas uñas negras hasta no poder más. Se da cuenta del gesto de repugnancia que se le trasluce al médico y entonces improvisa una excusa, casi siempre la misma.
-Perdone, doctor, pero como estoy muy ocupado -o no tengo agua corriente o lo que sea- no me pude lavar los pies ayÆer.
Es decir, que pretende hacer pasar toda aquella mugre por el fruto de un día de descuido. Si el médico no tiene ganas de entrar en polémica, se calla, contiene la respiración cuanto le es posible y tras la exploración, somerísima, corre apresuradamente a lavarse hasta los codos. Pero si el asunto le coge en un día caliente puede responder:
-Ni ayer, ni hace un mes, ni desde que tiene usted uso de razón.

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